Si de ponerle títulos se tratara, la generación de nuestros padres se llamaría: la generación de las crisis económicas, porque éstas sucedían una tras otra cuando menos cada seis años. Ellos aprendieron a vivir en medio de esa incertidumbre financiera y sus conductas y logros son reflejo de esos tiempos.

Si a nuestra generación se le pusiera un nombre sería: la generación de la violencia, porque en los últimos años los hechos delictivos han tomado por asalto la tranquilidad de las ciudades: ejecuciones, secuestros, robos a mano armada en casas habitación, de autos, en transporte público, en negocios, son lo que ocurre cada día.

Dos hechos han desembocado en esta situación: La primera y más importante: la impunidad con la que han crecido los grupos delictivos gracias a la impunidad con la que los protegen. Y segunda, también importante, la pérdida de valores que tiene nuestra sociedad en la que se aplaude el dinero fácil e incluso varias familias dependen de él sin importarles el cómo se obtuvo.

Los últimos acontecimientos en Acapulco, mis chavos, nos deben hacer recapacitar. No es cool que caigas en esas tentaciones. No es cool que te enganches en adicciones, son mentiras lo que ves en las películas gringas o ahora también las mexicanas donde ponen el consumo de drogas y abuso del alcohol como algo chido.

Clavarte en esos rollos es ser parte del problema que tiene a nuestra generación prácticamente al borde del abismo. Hagamos nuestra chamba, pongámonos las pilas y tratemos de vivir sin caer en adicciones o actos ilegales.

La vida pasa muy rápido, y cuando llegues a tu madures sin haber logrado nada, te vas a arrepentir como nunca. Aún es tiempo de cerrar filas por México, por Guerrero, por Acapulco.

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